Tras el genocidio cometido por Israel contra los civiles palestinos y denunciado por la mayoría de los países, la Casa Blanca ha presentado un documento de 20 puntos que Donald Trump describe como un plan integral para poner fin al conflicto de Gaza. El plan, cargado de ambición y polémica, plantea desde el alto el fuego inmediato y la liberación de rehenes hasta la instauración de un organismo internacional presidido por el propio Trump para administrar Gaza de forma transitoria.
Los ejes del plan
Los primeros puntos del plan insisten en una Gaza desradicalizada y libre de los combatientes de Hamas (punto 1) y en su reconstrucción “en beneficio de una población que ya ha sufrido más que suficiente” (punto 2). El alto el fuego se condiciona a la aceptación de ambas partes, con retirada israelí a líneas acordadas y suspensión de bombardeos (punto 3).
El plan fija plazos concretos: en 72 horas tras la aceptación de Israel, todos los rehenes —vivos o fallecidos— deberían ser devueltos (punto 4). A cambio, Israel liberaría 250 presos con cadena perpetua y 1.700 palestinos detenidos tras el 7 de octubre de 2023, incluidas mujeres y niños, además de un intercambio de restos humanos (punto 5).
Los miembros de Hamás que se comprometan con la paz y entreguen las armas recibirían amnistía, mientras que quienes deseen marcharse tendrían paso seguro (punto 6), según el plan.
Paralelamente, el plan prevé un ingreso inmediato de ayuda humanitaria, incluyendo agua, electricidad, hospitales y retirada de escombros (punto 7), bajo supervisión de la ONU, la Media Luna Roja y otras instituciones (punto 8).
Una gobernanza inédita
El aspecto más controvertido es la gobernanza transitoria. Gaza quedaría bajo un comité palestino tecnocrático supervisado por un “Consejo de Paz” presidido por Trump, junto a otros líderes internacionales como Tony Blair (punto 9). Esta estructura gestionaría los fondos y la reconstrucción hasta que la Autoridad Palestina cumpla un programa de reformas y pueda retomar el control.
Trump propone además un plan económico para “dinamizar Gaza” (punto 10), una zona económica especial (punto 11) y asegura que nadie será forzado a abandonar la Franja (punto 12). Al mismo tiempo, se exige la exclusión total de Hamás de cualquier forma de gobierno y la destrucción definitiva de túneles y fábricas de armas, bajo verificación internacional (punto 13).
Seguridad internacional y horizonte político
El plan incorpora a socios regionales como garantes (punto 14) y prevé la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF), formada por Estados Unidos y países árabes, para entrenar policías palestinos y asegurar las fronteras junto a Israel y Egipto (punto 15).
Israel, según este documento, no anexará ni ocupará Gaza, y sus tropas se retirarían progresivamente en coordinación con la ISF (punto 16). Si Hamás rechaza la propuesta, las medidas —incluida la ayuda— se aplicarían en las áreas controladas por la fuerza internacional (punto 17), agregó el Plan.
El texto cierra con un proceso de diálogo interreligioso (punto 18), la posibilidad de un camino hacia la autodeterminación palestina (punto 19) y un compromiso estadounidense de abrir un horizonte político de coexistencia pacífica entre Israel y Palestina (punto 20).
El plan Trump marca un punto de inflexión diplomático, pero deja múltiples interrogantes: ¿aceptará Hamás un marco que lo excluye totalmente del poder? ¿Es viable una administración internacional encabezada por un presidente estadounidense con aspiraciones políticas y geopolíticas? ¿Qué legitimidad puede tener un “Consejo de Paz” liderado desde Washington para una población gazatí devastada por la guerra?
El Plan refleja la estrategia de Trump de reposicionarse como figura central en Oriente Medio, con Gaza como escenario de su retorno al protagonismo mundial.








