Esteban Bedoya*
Como escritor, observo con curiosidad todo lo que me rodea, tal vez por el simple disfrute del Flâneur, que busca incesantemente la inspiración para un cuento o una novela; ésta puede surgir no solo de cosas admirables, sino de un encuentro accidental con alguien, cuyo aura o ideas, puedan deslumbrar. Ibelise (mi esposa) y yo, teníamos la sospecha de que en Marruecos encontraríamos todo eso, y lo comprobamos -a pesar de nuestra corta estadía-, dándonos una inmersión única en una cultura vibrante y diversa. Si bien nos concentramos en Rabat, a donde fui invitado a participar en el magnífico Salón del Libro 2023; aprovechamos las facilidades ofrecidas por los anfitriones y nos dimos unas escapadas a sitios emblemáticos, que se encuentran a pocas horas de la capital.
La excitación por lo novedoso nos llevó primeramente a Casablanca, ciudad costera y balnearia, de comercio intenso vinculado al mundo, que, entre tanta mundanidad y recuerdos hollywoodenses, conmueve con la grandiosidad de la Mezquita Hassan II, que, si bien recuerda a un rey, nos habla de la necesidad humana de expresar el homenaje al supremo creador, hecho tangible que impacta en los visitantes, sin importar la religión de pertenencia. Desde allí -como si estuviésemos compitiendo en un rally-salimos en dirección a Marrakech, camino que nos fue sumergiendo en un paisaje agreste, que como cuadros de un film, nos iba mostrando pequeñas casas de campesinos, los pastores y sus ganados caprinos, marchando en busca de brotes verdes escondidos en la tierra roja, o trabajadores agrícolas cubriéndose del sol bajo generosos arbustos; un paisaje bucólico que nos entusiasmó y nos ilusionó, con todo lo que nos restaría por descubrir.
Finalmente llegamos a la antigua ciudad imperial de Marrakech, donde inmediatamente fuimos cautivados por su arquitectura, allí se pueden admirar antiguas mezquitas, palacios y zocos llenos de vida. Perderse en los estrechos callejones de la medina es como adentrarse en un laberinto mágico lleno de colores, aromas y sonidos fascinantes. Ahí mismo, nuestro guía comenzó un diálogo ficticio en el que nos “vendía un Riad”, con un patio central lleno de plantas y una fuente sonora y fresca que deleita mientras se viaja en el tiempo.
Siguiendo con el juego, acordamos que yo pagaría la propiedad con la suma de dos mil camellos… ¡El abogado pasará al día siguiente por su hotel en Rabat para sellar el trato! Fue un juego delicioso, en el que hice feliz a mi esposa, quien por algún momento se sintió propietaria de un palacete en Marrakech. Cuento esta anécdota, no por lo inverosímil y humorístico, sino porque habla muy bien del carácter amable y genuinamente amistoso de los marroquíes para invitarnos a representar una improvisada obra de teatro. Al final del juego, y cuando el sol comenzaba a entibiar la Medina con el atardecer, escuchamos a lo lejos, la llamada a la oración, un canto reparador que llega desde la Kutubía. Es hora de regresar a Rabat.
Más bocados,
Las aventuras abren el apetito, y ¿dónde lograr la mejor satisfacción que, en un sitio con la diversidad cultural de Marruecos, que refleja en su cocina la deliciosa fusión de influencias bereberes, árabes, africanas y europeas? Los platos tradicionales como el couscous, que acompaña el tajine, las Koftas y el Mechoui, especialidades culinarias ineludibles. En este punto, debo agradecer especialmente la generosidad de los organizadores del Salón del libro, y a la embajada del Paraguay, quienes, por un lado, nos alojaron en un magnífico hotel, y por el otro, nos permitieron degustar platos tradicionales, además de descubrir la producción de excelentes vinos locales, que pueden satisfacer a los paladares más exigentes.
Pero las preferencias de un gourmand van más allá del paladar, y abarcan los “sabores” de las distintas vivencias, y en esto, debo decir, que como aquel comensal que quedó con hambre, Rabat nos dejó con enormes ganas de regresar; en mi caso, llevo en mi memoria el viaje en automóvil desde el hotel al Zoco, que es un deleite, al transitar los interminables y bien cuidados jardines, hasta pasar por delante de una colina verde coronada por la fortaleza Chellah Rabat, antigüedad que se ve resaltada por una perspectiva profunda, donde a la distancia puede observarse las construcciones de edificios de vanguardia arquitectónica, y la silueta de una obra maestra de la arquitecta Zaha Hadid.
Chellah Rabat, me hizo transportar a siglos pasados y me puso en la piel de un aventurero que tiene la urgencia de contar sus vivencias (estoy trabajando en ello). La ensoñación provocada por la fortaleza continuó durante la cena de pescados y mariscos, en la vereda de un restaurante popular, frente al mar sereno, que se dejaba escuchar tras el murmullo amigable de los comensales.
Más allá de lo mucho que nos queda por conocer de Marruecos, estamos convencidos de que lo más memorable de nuestras experiencias fue disfrutar la hospitalidad de su gente, quienes nos han hecho sentir su calidez y amabilidad, requisitos indispensables para querer regresar. En tanto, como diplomático, entiendo que tenemos una relación bilateral prometedora; estoy convencido de las grandes posibilidades para impulsar el turismo, aprovechando la riqueza de nuestras culturas; que, aunque distantes geográficamente, poseen afinidades y similitudes, a partir de nuestras trayectorias históricas y sociológicas que han resultado en valores culturales que promueven el respeto por la diversidad.
¡Salud, Marruecos!
*Escritor, arquitecto y diplomático paraguayo









