Fikri SOUSSAN
Cuando los calendarios nuevos nos hacen creer en la ilusión de una página en blanco, conviene romper con la liturgia de los buenos propósitos. Entre la autoindulgencia moral y los espejismos de una espiritualidad a la carta, se impone un camino más exigente: el de la continuidad lúcida. Tal vez el verdadero coraje consista menos en recomenzar que en aprender a seguir de otro modo, asumiendo límites y responsabilidades compartidas.
I. La tentación de recomenzar
Cada cambio de año llega acompañado de un ritual conocido: balances apresurados, resoluciones nuevas, la promesa implícita de un comienzo limpio. Reempezar parece un reflejo casi automático. Sin embargo, merece la pena detenerse un instante y formular tres preguntas menos festivas y más necesarias:
¿qué merece realmente ser recomenzado?, ¿qué convendría dejar atrás de una vez por todas?, ¿qué exige algo más que buena voluntad y un calendario recién estrenado?
II. Lo que sí merece ser recomenzado
Merece ser retomado aquello que sigue vivo, incluso cuando lo hemos descuidado. Las relaciones capaces de sostener una conversación honesta. El trabajo bien hecho, aunque no haya producido los resultados esperados. La curiosidad intelectual, que suele sobrevivir a los fracasos. Reempezar, en estos casos, significa volver con mayor lucidez.
También merece ser recuperada la atención a las pequeñas cosas. Escuchar mejor, leer sin prisa, caminar sin auriculares, dedicar tiempo a preparar algo para otros. Gestos modestos, raramente inscritos en los grandes proyectos vitales, pero que sostienen la experiencia cotidiana. A diferencia de los propósitos grandilocuentes, estos recomienzos discretos generan menos frustración porque prometen menos y comprometen más.
III. Lo que convendría dejar atrás
Algunas cosas deberían abandonarse de verdad, como una decisión práctica y no como una fórmula retórica.
La autoindulgencia moral, esa inclinación a justificarse siempre en nombre del contexto.
La nostalgia paralizante, que convierte el pasado en refugio y en coartada para la inacción.
Y la costumbre de llamar destino a lo que en realidad es repetición de hábitos: los mismos caminos recorridos por comodidad, los mismos renunciamientos aceptados sin examen.
Resulta igualmente saludable desprenderse de cierta espiritualidad a la carta, cómoda pero estéril. Frases inspiradoras repetidas en bucle, discursos sobre “buenas energías” para esquivar conflictos, la obligación de mantenerse positivo incluso frente a la injusticia. Una mezcla de motivación superficial, autocuidado mal entendido —retirarse, protegerse, cortar vínculos cuando se vuelven exigentes— y optimismo obligatorio que reduce la ética a un estado de ánimo.
Conviene dejar atrás la ilusión de que basta con desear intensamente para que las cosas sucedan. Visualizar el éxito sin cambiar prácticas. Invocar el maktoub o el qadar para eludir responsabilidades. El año nuevo, por sí solo, no borra errores ni compensa renuncias acumuladas.

Mirar atrás sin quedarse encerrado, avanzar sin engañarse.
IV. Lo que exige algo más que un calendario nuevo
La tercera pregunta resulta la más exigente. Remite al cambio real de conducta. Eso requiere disciplina, tiempo y renuncias concretas.
Mejorar una relación dañada implica conversaciones aplazadas durante años, disculpas que comprometen y, a veces, renunciar a tener razón.
Modificar una situación laboral injusta exige aceptar la incomodidad del desacuerdo, del conflicto, incluso de la pérdida de seguridad material.
Cuidar la salud mental demanda límites claros, distancia cuando es necesaria y, en ocasiones, ayuda profesional. Pedir ayuda y aceptar la fragilidad sigue siendo, para muchos, más difícil que cualquier resolución de enero.
Estos cambios avanzan despacio, sin reconocimiento inmediato. Aun así, son los únicos capaces de transformar de verdad una vida.
V. La responsabilidad colectiva
La responsabilidad colectiva exige más que propósitos individuales. Hay problemas que desbordan cualquier recomienzo personal. La precariedad, las desigualdades o las violencias estructurales no se corrigen con optimismo privado.
Un joven atrapado en empleos precarios mejora su situación gracias a políticas laborales creíbles. Una mujer expuesta a la violencia encuentra protección en instituciones que actúan. Un barrio relegado se transforma mediante decisiones públicas sostenidas en el tiempo.
Aquí, la buena voluntad pesa poco si no va acompañada de una acción duradera, a veces también de un conflicto que incomoda los equilibrios establecidos y rechaza confundir armonía social con silencio colectivo.
Conclusión
Recomenzar merece la pena cuando se hace sin ingenuidad. Sin confundir deseo con esfuerzo ni esperanza con evasión. Tal vez el recomienzo más honesto consista en admitir que casi nada empieza desde cero. Arrastramos heridas, errores y límites, pero también experiencia, vínculos y cierta sabiduría práctica.
Quizá se trate menos de recomenzar que de continuar de otra manera. Con menos ruido, menos promesas vacías y mayor atención a lo que importa de verdad. El calendario avanza, el tiempo permanece. Queda una pregunta simple y exigente: ¿qué hacemos hoy con lo que se nos ha dado?, ¿seguiremos con lucidez o nos desgastaremos un poco más?









