Entrevistado por Toufiq Slimani
En el marco del Proyecto de las “Entrevistas primaverales con hispanistas marroquíes”, Mares30 presenta la séptima y última entrega de la conversación con Mohammed Benabdelkader, hispanista, investigador y exministro marroquí.
Esta entrega se centra en una cuestión clave: la paradoja entre el excelente momento de las relaciones políticas, económicas y de seguridad entre Marruecos y España, y la limitada proyección de esa cooperación en los ámbitos cultural, educativo y lingüístico.
A partir de este contraste, el análisis aborda el papel del español en Marruecos y reflexiona sobre su futuro como herramienta estratégica para reforzar la comprensión mutua y reducir las distancias entre ambos países.
¿Cómo interpreta la aparente paradoja entre el notable fortalecimiento de las relaciones políticas, económicas, diplomáticas, comerciales y de cooperación en materia de seguridad e inteligencia entre Marruecos y España, y la ausencia de un impacto equivalente en las relaciones culturales, educativas y universitarias?
El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, había afirmado recientemente que la relación bilateral entre España y Marruecos atraviesa «el mejor momento de su historia». Es evidente que esta declaración, lejos de ser una simple fórmula diplomática, se basa en fundamentos concretos: unos lazos diplomáticos excepcionalmente densos, que sirven de base a unas relaciones políticas y económicas privilegiadas. Con un volumen comercial récord cercano a los 23.000 millones de euros, España se afirma así como el primer socio comercial de Marruecos, mientras que este último se convierte en el primer socio de España en África. Estos intercambios entre los dos vecinos del Mediterráneo occidental alcanzan niveles inéditos, consolidando una interdependencia económica creciente y una cooperación sin precedentes.
Esta realidad económica nos invita a releer a Montesquieu, quien en «El espirito de las leyes» (1748) desarrolla su famosa teoría del dulce comercio, sosteniendo que «el efecto natural del comercio es llevar a la paz». Según él, el comercio crea entre las naciones una interdependencia mutua fundada en necesidades recíprocas. Al multiplicar los contactos, suaviza las costumbres, reduce los prejuicios, favorece la tolerancia y hace la guerra menos probable, ya que se vuelve económicamente costosa para todos. Aplicada a la relación Marruecos-España, esta tesis parece verificarse plenamente: la intensificación de los flujos comerciales, de las inversiones y de las movilidades humanas habría creado una nueva estabilidad, confirmando el diagnóstico constructivo de Albares.
Sin embargo, esta lectura montesquieviana, por seductora que sea, sigue siendo a mi juicio incompleta. Es aquí donde el pensamiento de Spinoza revela toda su profundidad y pertinencia para comprender el corazón de las relaciones internacionales. Mientras Montesquieu ve en el comercio un mecanismo cuasi mecánico de pacificación, Spinoza, en su «Tratado político» (1676), propone una concepción mucho más exigente, afirmando que «La paz no es la ausencia de guerra, es una virtud, un estado de ánimo, una voluntad de benevolencia, de confianza y de justicia». Para el filósofo holandés, la simple cesación de hostilidades o incluso una prosperidad económica compartida, no constituye más que una paz negativa, frágil e ilusoria. La verdadera paz es positiva: supone una disposición activa de las almas colectivas, una confianza razonada y recíproca, un reconocimiento mutuo de justicia, y una benevolencia que trasciende el mero cálculo de intereses.
Por lo tanto, si los intercambios comerciales hispano-marroquíes alcanzan cotas máximas y crean una interdependencia real, no garantizan ipso facto el surgimiento de esta paz virtuosa spinozista. El «dulce comercio» quizás suavice las costumbres, pero no produce automáticamente la confianza profunda ni el sentimiento de justicia compartida que Spinoza juzga indispensables para una relación duraderamente excelente.
Precisamente esta confianza mutua entre los pueblos constituye el reto mayor y el punto de vulnerabilidad de las relaciones hispano-marroquíes, particularmente al nivel de la opinión pública española. Hecho revelador, son precisamente nuestros vecinos españoles quienes lo destacan con mayor nitidez, según los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicados a finales de 2025: el 42,2% de las personas interrogadas considera a Marruecos como uno de los países con los que España podría entrar en conflicto armado. El Reino se sitúa así en el segundo rango de las amenazas percibidas por los españoles, justo detrás de Rusia (57%) y muy por delante de Estados Unidos (30,2%).
Esta percepción de desconfianza y prudencia que alberga un sector considerable de la opinión pública española hacia Marruecos merece, por sí sola, un tratamiento específico, sin embargo, en el corazón de este parámetro de confianza se perfila, un reto relacional fundamental: se trata del lugar del español, pero también del árabe en la cooperación cultural bilateral, que hoy suscita una preocupación creciente en ambos lados.
¿Cree usted entonces que la cooperación cultural y muy particularmente la cooperación lingüística entre Marruecos y España no está a la altura de su cooperación diplomática, comercial y securitaria?
Cabe recordar que el «Observatorio Global del español” cristaliza este sentimiento en su informe 2025 «El español en el paisaje lingüístico de Marruecos», cuando lamenta que «el español está marginado de una manera que no corresponde a la importancia que esta lengua y sus componentes culturales han tenido a lo largo de la historia, tanto en el norte como en el suroeste del país». Se estima a menudo que conocer la lengua del otro es conocer mejor al otro, esta fórmula revela que la lengua no abre solo a un léxico, sino a modos de pensar, referencias simbólicas y configuraciones de valores. En sociolingüística, se muestra que cada lengua transporta una visión específica del mundo, inscrita en sus formas léxicas, sus categorías gramaticales y sus implicaturas culturales. Aprender la lengua del otro es, por tanto, en cierto modo, poder instalarse en su razonamiento, captar sus puntos de referencia de juicio y, por ello, aprender a ver mejor la realidad relacional.
Según el estudio «La lengua española en Marruecos», el español pierde progresivamente su peso e influencia en el país. El autor de esta obra, David Fernández Vítores, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, se esfuerza en desmontar ciertos mitos relacionados con la nostalgia de la presencia colonial española en Marruecos. El principal de estos mitos radica en la idea de que los habitantes del antiguo protectorado español del norte de Marruecos (1912-1956), que se extendía de Tánger a Nador, seguirían hablando español, al punto de que se habla aún de 4 o 5 millones de hispanohablantes en el país!
Esta tendencia, manifiesta en varios expertos y medio de información en España, a describir la situación actual de la lengua de Cervantes en Marruecos como un declive histórico y un retroceso alarmante, encuentra su eco en la fuerza de las cifras. Los estudios universitarios dedicados a esta lengua en Marruecos habrían disminuido sensiblemente, pasando de unas 400 inscripciones anuales en la primera década de este siglo a una cincuentena de inscritos, o menos. Pero lo más elocuente sigue siendo la cifra proporcionada por el Censo General de Población y Vivienda (RGPH) 2024, que revela que el 99,2% de la población alfabetizada de 10 años y más, sabe leer y escribir en árabe, mientras que el 1,5% domina el amazigh en la escritura tifinagh. En cuanto a las lenguas extranjeras, la competencia en lectura y escritura se distribuye así: 57,7% para el francés, 20,5% para el inglés, 1,2% para el español y 1% para otras lenguas.
Si el español lucha por sobrevivir en Marruecos, el árabe – lengua de origen de los marroquíes residentes en España – nunca ha sido valorado como merece. Hablado por cerca de 300 millones de personas y uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas, el árabe ejerce una influencia léxica profunda en el español, que cuenta con más de 4.000 préstamos procedentes de siglos de coexistencia. La comunidad marroquí domina entre los residentes extranjeros en España, con más de 750.000 individuos titulares de un permiso de residencia, a los que se suman aquellos que han adquirido la nacionalidad española, cuyo número supera los 800.000. En este contexto, el árabe se convierte en la segunda lengua extranjera más hablada en España. Sin embargo, la enseñanza del árabe a los niños marroquíes en España tiene dificultades para inscribirse en una lógica de reciprocidad respecto a la del español en Marruecos. El Programa de Enseñanza de la Lengua Árabe y la Cultura Marroquí (LACM), surgido de una colaboración bilateral entre los gobiernos español y marroquí, sigue siendo una actividad extracurricular voluntaria y no obligatoria. Se enfrenta a serios obstáculos, especialmente las presiones ejercidas por el Partido Popular (PP) y el partido de extrema derecha Vox, que lo han bloqueado prácticamente en Madrid y luego en Murcia.
¿Tanto es importante el factor lingüístico en una relación entre dos naciones?
Es evidente que el compartir una lengua común juega un papel mayor en la construcción de una confianza y un respeto mutuos duraderos entre dos pueblos, sin ser por ello una condición absolutamente necesaria. El factor lingüístico Actúa como un acelerador de las relaciones humanas, pero no es ni suficiente ni irremplazable. Los pueblos no están, por tanto, obligados a hablar la misma lengua para entenderse, no obstante, la capacidad recíproca de usar la lengua del otro, en complemento de la lengua materna, constituye un activo considerable para enriquecer los intercambios y profundizar la comprensión intercultural. Un marroquí que habla español con un español puede expresar sus aspiraciones, frustraciones o valores con mayor precisión y autenticidad, esta fluidez crea un sentimiento de proximidad inmediata, se siente uno «comprendido» en el sentido más literal del término, y esto es perfectamente válido en el otro sentido. La confianza nace más fácilmente cuando no se necesita un intermediario para decirse las cosas importantes.
Es exactamente en esta perspectiva que la UNESCO exhorta a los Estados miembros a prestar una atención particular a las lenguas del vecindario. Estas juegan un papel estratégico en la consolidación de las relaciones regionales, la facilitación de las movilidades humanas y económicas, así como en la prevención de malentendidos culturales. Al favorecer el aprendizaje de las lenguas de los países limítrofes, no se trata solo de responder a necesidades prácticas de comunicación, sino también de promover una forma de diplomacia cultural de proximidad, fundada en la reciprocidad, el reconocimiento mutuo y el respeto de las diversidades lingüísticas.
Así, la valorización de las lenguas del vecindario se inscribe en una lógica más amplia de pluralismo lingüístico, donde el dominio de varias lenguas se convierte en una palanca esencial para construir sociedades más abiertas, más inclusivas y mejor dispuestas al diálogo.
Existen, en esta perspectiva, varias experiencias de bilingüismo fronterizo fundadas precisamente en el aprendizaje de la lengua del vecino, a menudo puestas en marcha para facilitar la movilidad, los intercambios económicos y la comprensión intercultural. Francia y Alemania han valorizado sus lenguas en la región de Alsacia, donde los franceses aprenden alemán y los alemanes del otro lado aprenden francés, con el fin de reforzar los intercambios transfronterizos y la comprensión mutua. En otra región fronteriza, entre Galicia y el norte de Portugal, iniciativas fomentan el aprendizaje del portugués del lado español y del español del lado portugués. La proximidad lingüística entre ambas lenguas facilita este bilingüismo de continuidad, como palanca económica y medio concreto de acercamiento entre los dos pueblos.
En Bélgica, en Suiza, en los países escandinavos y en otros países europeos, las competencias en las lenguas de los países vecinos presentan un interés particular, tanto en el plano sociopolítico – facilitando por ejemplo los intercambios transfronterizos – como en el plano educativo, donde pueden constituir un vector de motivación importante, en la medida en que su proximidad geográfica es a menudo percibida como un factor de mayor accesibilidad. Aprender así la lengua del vecino transforma la frontera en un espacio de contacto más que de separación.
Así pues, los progresos de las relaciones hispano-marroquíes son indudables en los ámbitos de la seguridad y del comercio, donde España superó a Francia hace cuatro años para convertirse en el primer socio comercial de Marruecos. Sin embargo, en materia de lenguas, España ha perdido terreno en el paisaje lingüístico marroquí frente al francés y al inglés durante la última década, mientras que Marruecos aspira a una colaboración bilateral mucho más estrecha para la enseñanza del árabe a los niños de los marroquíes residentes en España. Es por tanto necesario redoblar los esfuerzos para implementar los compromisos de la declaración conjunta de la reunión de alto nivel celebrada en diciembre de 2025 en Madrid, en particular en lo que respecta a la enseñanza del español como lengua extranjera en todos los niveles del sistema educativo marroquí y la enseñanza del árabe y de la cultura marroquí, a través del programa ELACM, en las comunidades autónomas españolas.
Aunque la política exterior y numerosos centros de investigación en España evocan con agrado una «asociación estratégica» entre España y Marruecos, persiste un eslabón débil manifiesto en el plano cultural que afecta la percepción pública en España hacia el vecino del sur. La dimensión cultural y simbólica permanece, en efecto, claramente desfasada e insuficientemente desarrollada en relación con la intensidad de los intercambios económicos, políticos y de seguridad, dejando así un vacío entre la realidad institucional de la relación y la conciencia colectiva que la percibe. Por consiguiente, la cooperación lingüística y educativa reviste una importancia extrema, impuesta como palanca fundamental para favorecer una mejor comprensión mutua y consolidar, a largo plazo, las bases de esta asociación estratégica.
¿Para concluir esta entrevista quisiera saber si se declara usted optimista o pesimista respecto al futuro de la lengua española en Marruecos?
Entre ser pesimista u optimista respecto al futuro de la lengua española en Marruecos, conviene tal vez acogernos a una analogía histórica esperanzadora, las relaciones entre Francia y Alemania muestran que, después de siglos de odio, incomprensión, guerras devastadoras y tensiones profundas, fue posible construir una paz duradera y una cooperación sólida dentro del marco del Tratado de Amistad franco-alemán de 1963. Al firmar aquel tratado Francia y Alemania aprendieron de un pasado sangriento y sentaron las bases históricas de una cooperación duradera y diversificada, no borraron de un plumazo los recuerdos del conflicto, pero sí abrieron la puerta a una política de reconciliación, de intercambio educativo, de cooperación económica y de convivencia pacífica que, poco a poco, transformó la lengua y la cultura del “enemigo” en bienes comunes de diálogo y proximidad, de modo parecido, el español en Marruecos no necesita ser restaurado como lengua de dominación ni de nostalgia, sino asumido como un elemento de entendimiento, de memoria compartida y de cooperación práctica, que puede, con voluntad política recíproca, recuperar un estatus de vecindad respetuosa y estable.
Los españoles conocieron la lengua árabe y la cultura marroquí durante casi ocho siglos, un período que va de la conquista musulmana de la península ibérica a principios del VIIIᵉ siglo hasta la caída de Granada en 1492. Durante estos aproximadamente ochocientos años, el árabe se impuso como lengua de cultura, de religión, de administración y de vida urbana en gran parte de lo que hoy es España. Las cortes de los emires y califas de Córdoba, Sevilla o Granada eran centros de traducción, de filosofía, de poesía y de saber científico donde el árabe estructuraba el pensamiento, la comunicación y la transmisión del saber.
Esta larga cohabitación no solo marcó la agricultura o la arquitectura, sino que transformó profundamente la lengua española misma, que integró miles de arabismos, especialmente en los ámbitos de la administración, el urbanismo, la meteorología, la botánica y la vida cotidiana. Dejando así una huella duradera en la lengua, la civilización y la memoria colectiva de España.
Los marroquíes, por su parte, hablaron y practicaron el español durante largos períodos, mucho antes de conocer el francés. Desde la época de la Reconquista hasta el final del Protectorado en 1956, el norte de Marruecos acogió a refugiados, inmigrantes y colonos venidos de España, tejiendo progresivamente un vínculo lingüístico y cultural profundo con la península ibérica. Tras la expulsión de los judíos de Castilla y Aragón en 1492, miles de judíos sefardíes se instalaron en Marruecos, principalmente en el norte, especialmente en Tetuán y, más tarde, en Tánger, conservando en la mayoría de los casos su conocimiento y uso del judeoespañol hasta el Protectorado, unos cuatro siglos después.
En suma, estos siglos de interacción lingüística e histórica muestran que el español en Marruecos, al igual que el árabe en la península ibérica, no es una presencia reciente o pasajera, sino la prolongación de una larga historia de cohabitación, migraciones, contactos culturales y memoria compartida. Puesto que nuestra relación bilateral está actualmente en “el mejor momento de su historia”, la lengua, tanto el español como el árabe, está llamada a jugar hoy un papel específico y estructurante en la comunicación entre las dos naciones, más allá de un simple instrumento de transmisión, puede desempeñar un papel esencial en la construcción de la confianza y la reducción de las distancias culturales.









