19 junio 2026 / 21:06

La Casa del Periodismo

Como en la vida

mares30 - abril 20, 2025

Abderrahmane Belaaichi*

Como en un río, todo parece armonioso. El lecho parece impregnar de armonía todo el rastro.  Las piedras, el barro, la leña, el plástico, la ropa destrozada y sucia de gente desconocida flotan y ondulan en sinergia inusitada y dan la sensación de una docilidad inigualable y un entendimiento insospechable entre todos los componentes que ahora parece que tienen un destino común y fatal. Todo parece inscribirse y adherir a una acción colectiva y comunal extraordinaria por tener un mismo y único objetivo: avanzar y no detenerse hasta alcanzar su meta, el fin de trayecto, el embalse o el mar, pero antes, el río va creciendo, recibiendo y sumando más aguas, aguas provenientes de los barrancos desbordados, de los riachuelos y de los infinitos afluentes a causa de las lluvias torrenciales. El conjunto crea un paisaje espectacular que no deja a nadie indiferente  por miedo o por admiración. En la vida siempre tiene que haber algo que atrae la atención, algo  que capta los espíritus y nos deja aturdidos. La vida en sí es un milagro, no deja nunca de sorprender y no da todo de un solo golpe. El suspense es su divisa y la sorpresa, su vocación. Ingredientes todos, y otros más, de un misterio y enigma. Eso es lo que hace su encanto. No nos da todo, pero con el empeño se lo llevamos todo o, por lo menos, buena parte de ese todo.

 

El empeño, la perseverancia, la dedicación y demás virtudes, aunque difíciles de creer primero y luego difíciles de conseguir y tener, son cualidades por las que hay que apostar sin pensarlo ni vacilar un instante. La ocasión es calva como decía Quevedo y no tenemos garantías de que se brindara de nuevo o por lo menos de la misma manera y con las mismas suertes y condiciones de la primera vez. Por eso hay que ir hacia la vida. Todo se saca y se agarra, nada se da gratis o sin hacer ningún esfuerzo. La vida es generosa cuando le damos señales e indicios. El trabajo es el enemigo de la pereza, la movilidad es el enemigo de la inercia. La movilidad trae consigo la “Baraka”, la bendición. Es lo que hace que la vida esté hecha de éxitos y fracasos, de ilusiones y desilusiones, de esperanzas y desesperanzas, de felicidades y tristezas, de alegrías y melancolías, de risas y lágrimas, de satisfacciones y decepciones, de orgullos y arrepentimientos, de momentos de baja y de momentos de alta. Lo que hace de cierta manera los ingredientes mismos de la vida. La vida no es ni debe ser una línea recta. El aburrimiento es el gran enemigo de la vida. Mata los ánimos, restringe los alientos y encarcela los espíritus. Cierra los horizontes y quita a la vida las ilusiones. Un mar sereno sin olas. Una montaña sin árboles ni hierba. Sin alma. Inercia absoluta. No se espera nada. 

 

La vida necesita sacudidas, necesita agitaciones, necesita tormentas que le den sabor y sentido, que permitan al ser humano aportar creando, contribuir inventando. La vida necesita movimiento. La vida y el estancamiento no van de la mano. Se oponen y se excluyen mutuamente. Por eso, hay que llevar una lucha despiadada contra la monotonía y contra la rutina, cuando la amenaza de que se apoderen de las vidas parece acercarse o eminente. Reclamar una vida en la que el individuo se convierta en el auténtico  eje entorno al que el resto se mueve. El ser humano tiene que ser el núcleo, el motor y la razón de ser de la vida misma. El ser humano es un milagro y es capaz de realizar milagros. Los ejemplos son desde luego innumerables en este sentido. La vida tiene que ser como un relámpago, como un trueno y como unas lluvias torrenciales o como un terremoto del que todo se hablará para mucho tiempo, porque produce efectos estridentes y genera impactos indelebles. La vida tiene que parecerse a inundaciones que lo arrasan todo, lo destruyen todo para volver a construir todo de nuevo. El cambio, aunque da miedo e infunde dudas, sospechas e inquietudes, es siempre bienvenido. El cambio al que todo el mundo tiene miedo, por el riesgo de sacarnos de la zona de confort habitual desde donde creemos que dominamos todo o mantenemos el statu quo, porque nos conviene momentáneamente y sirve provisionalmente nuestros intereses. Nos aleja de amenazas y nos protege de cualquier pérdida de nuestros privilegios.

 

La vida tiene que ser como un sueño. Tiene que ser el sueño mismo. O el sueño de cada uno. Cuando nos despertamos solo queda un rastro, un rayo fino ambiguo y confuso, pero muy agradable. Solo deja un recuerdo del que no nos acordamos totalmente o con toda la claridad del propio sueño. El otro sueño al que tiene que asociarse la vida es el que hacemos todos los días y cada día. Aquello al que aspiramos y que constituye la razón de ser nuestra, justifica nuestra existencia y nuestra resistencia. Aquello que perseguimos, y da sentido y sabor a nuestras vidas. Nos devuelve a la carrera cada vez que nos sentimos abatidos y derrotados. Cada vez que la desesperación empieza a conquistarnos y a impregnarse de nuestros sentidos y almas, y nos quita los criterios de clarividencia. Un sueño del que no deseamos nunca despertarnos. Un sueño que nos engancha y hechiza. Un sueño fatal que produce revolución en nosotros. Un sueño que despierta las fuerzas y energías adormiladas en lo más hondo de nosotros. Un sueño que sacude, que estremece y nos deja temblar. Un sueño que nos supera y nos atrae hacia adelante, nos arrastra con toda fuerza hacia la vanguardia y el liderazgo, porque allí es donde podemos más dar, y ser más útiles y productivos. Un sueño que no acepta que retrocedamos o bajemos las manos. Un sueño que mata en nosotros el sentido de rendición o de renuncia, e insufla en nosotros fuerzas de valentía y osadía, y aviva el espíritu de aventura y riesgo. Hace de nosotros criaturas fuertes que no temen enfrentamientos o confrontaciones. Un sueño que nos pone a la cabeza de las tormentas y tempestades en toda indiferencia ante los peligros que se corren. Un sueño dulce que calma, por muy grandes que sean nuestros problemas, por muy escasos que sean nuestros recursos, por muy deficientes que sean nuestras capacidades, y por muy grande y ancha que sea la brecha entre nuestra situación y la de la gente más acomodada. Un sueño que no reconoce las clases ni los medios ni mucho menos los niveles intelectuales o de conocimiento de la gente. Un sueño que te deja indiferente, porque te lleva a un mundo donde lo imposible es posible, lo irreal es real, lo malo es bueno, lo triste es alegre. Un sueño que diluye las contradicciones y paradojas de la vida. Un sueño que da ganas de vivir a pesar de todo.

 

La vida es también esa oscilación entre momentos de felicidad y de tristeza. Una tristeza que la tiñe de escepticismo y dudas que nos infunden aires de desesperación y decepción que imprimen de negro los horizontes, y hacen imposible avanzar o tener una visión transparente de los destinos que nos esperan. Y tenemos ganas de abandonar todo y rendirse porque nos sentimos superados y derrotados. Nos sentimos sin alas, sin alientos, sin fuerzas. Todo lo vemos negro y tenemos sensación de estar atrapados en una calle oscura y sin salida, sin armas ni manías. Nos sentimos huérfanos y aislados. La vida es esa remontada que podemos llevar a cabo de la nada y en cualquier momento, aprovechando la primera oportunidad que la misma vida nos brinda o la que nosotros mismos creamos o provocamos, porque nos aferramos a ella o porque queremos mejorar nuestra condición. La vida merece luchar por ella. Por eso sobrevivir no tiene que conformar nuestro objetivo fundamental, pero vivir, sí. Tiene que ser nuestra prioridad. La única, quizás. Hay que hacer de la lucha y la militancia por ello una acción cotidiana, un hábito y una costumbre. Ello supone aprovechar de cada instante, teniendo en cuenta que los momentos de disfrute se persiguen y se arrancan. Y son cortos y efímeros además.

 

Vivir es aprender. La vida es una escuela sin muros ni currículo. Es una sucesión de pruebas. Es un laboratorio grande y abierto donde se ensaya todo, se prueba y se comprueba todo. Donde nada se deja fuera ni se excluye. Hay que explorar todas las posibilidades y considerar todas las opciones. La vida está hecha de una acumulación. La experiencia es hija del cúmulo de las vivencias, buenas o malas, positivas o negativas. Porque en la vida nada es definitivo ni absoluto. El surco lo hacemos cada día y miramos su rastro en los logros o fracasos que sembramos. Pero la escuela de la vida nos enseña cómo hacer cara a los desafíos cotidianos porque la vida es una mezcla de hechos felices y tristes. El trayecto se hace caminando y  “se hace el camino al andar”. Porque la vida está llena de problemas, trabas, obstáculos y desafíos, fácil es dejarlo todo, sobre todo cuando nos dejamos dominar por la desesperación, cuando estamos decepcionados porque el curso de nuestras vidas no acompaña nuestras expectativas, cuando sentimos que nuestras acciones no aportan un plus a nuestras vidas, cuando nuestras iniciativas resultan estériles, están limitadas y no producen efectos deseados. Cuando sentimos que damos vueltas en el mismo punto, es cuando nos damos cuenta de que no nos ha servido para nada nuestra experiencia, porque no la tenemos o porque no es suficiente como para realizar nuestras aspiraciones. Es entonces la decepción total. Y hay que pasar una raya y marcar una ruptura con lo anterior o someterlo por lo menos a una criba, un proceso de tamización se impone.

 

La vida no es tampoco fácil, nada es dado de antemano. Hay que trabajar duro, con mucha perseverancia y fe. Muchos sufren porque están  con pocos recursos o, muchas veces, sin nada. La vida es una lucha contra la propia vida, una carrera sin tregua. La vida es injusta con muchos, aquellos que trabajan duro, dan mucho y en contrapartida reciben poco. Aquellos que casi no tienen sueños, porque no ven para sus vidas ningún horizonte. Se sienten caídos en la trampa, y sienten que están explotados y que lo hacen todo sólo para poder sobrevivir en vez  de vivir y disfrutar de la vida. Viven día a día, sin ilusión ni motivación, salvo la de luchar para ganarse el coste del pan de cada día. 

 

La vida también es derechos. Y por ser así, está sagrada. Los derechos no solo hay que cuidarlos sino que  hay que reivindicarlos. Y para ello, hay que ser antes conscientes de ellos. Esa conciencia requiere disponer de competencias y habilidades para canalizarlas, para aprovecharlas al máximo. Pero la vida supone también obligaciones. Nadie está ni puede vivir aislado de la sociedad, aunque esta limita nuestra libertad y pone restricciones a nuestras aspiraciones con las normas que se empeña ella misma, la colectividad y la comunidad, en decretar y votar con el buen propósito de facilitar la convivencia armoniosa y agilizar la coexistencia pacífica entre sus miembros, y con las que, paradójicamente, los castiga, de manera individual o colectiva, en caso de transgredirlas o de violarlas y no acatarlas. Por eso la vida es también rebelarse contra esas normas cuando limitan nuestra creatividad, cuando complican nuestra existencia,  cuando cautivan los espíritus y almas, cuando hacen ganar más terreno a la hipocresía silenciando así su denuncia, abortando  todo atrevimiento y osadía que den rienda suelta a nuestra imaginación. Un crimen contra nosotros mismos, del que somos cómplices por nuestra pasividad.

 

La vida es también los recuerdos, que constituyen con el tiempo nuestro único refugio,  nos reconfortan y dan sentido a la vida que llevamos ahora. Proporcionan el asilo seguro, cuando parece que estamos solos o abandonados. Nuestro único consuelo en medio de la soledad de alma que se siente y se experimenta  con la edad. Los recuerdos avivan la memoria y alargan momentos de disfrute, pero dan seguridad a la propia persona en la medida en que le dan valor como persona con una historia. Como una persona con una trayectoria, una persona que ha dejado huellas, y ahora la recuerda y la vive con orgullo. Es lo único que le queda. Lo único que realmente posee cuando la salud se le está yendo de las manos. Un espacio de su memoria le es todavía fiel y le confiere a la vez respaldo y alivio. Por eso, las personas mayores no se cansan en contar las mismas historias con un entusiasmo renovado, como si fuera la primera vez. Lo hacen porque les ayuda a abordar con cierto optimismo  el futuro incierto. Una persona sin recuerdos pasará momentos difíciles y críticos, los recuerdos suavizan lo que queda por recorrer en el silencio atroz  e inhumano de los años.

 

La vida también es hacer paradas, es establecer balances, mirar la distancia recorrida, valorar el trayecto, evaluar el camino. Averiguar lo bueno y lo malo, detectar los fallos, los tropiezos, identificar las deficiencias y lagunas. Desvelar los vacíos y los huecos. La vida es romper los muros, es acortar las distancias consigo mismo y con el otro. La vida es romper los silencios, tender puentes de diálogo, hablar y aclarar. Romper el silencio supone comunicar, entender y perdonar. Así podemos reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás, evitando así más tarde remordimientos o arrepentimientos. 

 

La vida es también sentir los dolores del otro para darse cuenta de la magnitud de los nuestros. No vivir indiferentes ni separados del entorno que nos engloba. No podemos no mirar o ignorar lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Forma parte de nuestra sensibilidad colectiva. Así podemos ser receptivos, comprensivos y más tarde tolerantes con nosotros mismos y con el prójimo. Muchas veces imaginamos, equivocados, que los males sólo ocurren a los demás y nos escondemos detrás del orgullo o de una altivez absurda como si viniésemos de otro planeta o viviéramos en otro astro. Y de repente llega la muerte y nos sacude un rato antes de volver al mismo estado inicial de indiferencia, porque creemos que nada tiene que detener la vida. La vida continúa como si nada. Pero la muerte forma parte de la vida, sin ella la vida adolecerá de valor, carecerá de sentido y nos quitará a nosotros, los seres humanos y vivos, toda motivación. Permite que procuremos mejorarnos cada día, aspirar a más logros, perseguir una perfección siquiera utópica. La muerte está al otro extremo de nuestra andadura, cada paso que hacemos, cada instante que desperdiciamos, cada día que pasa nos acerca de ella; el tiempo y los años acortan la distancia, y nos ponen cara a cara ante ella, como nuestro último paradero, como la culminación de nuestro paso por este mundo. Una fatalidad ineluctable e ineludible. Por eso no escatimemos ningún esfuerzo mientras estamos vivos para llevar una vida mejor. Cada día tenemos que aspirar a ello.

Hispanista, cuentista y ensayista*

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