El maestro de todos, Jorge Basadre, dijo que por no aprovechar el auge del país por los altos ingresos que nos tocó a mediados del siglo XIX la enorme demanda del guano y el salitre, nos tocó la denominada prosperidad falaz. Dejamos pasar uno de los mejores momentos de nuestra joven república, que se había alzado a la comunidad internacional como Estado independiente bajo los principios del uti possidetis de iure (usarás lo que posees de acuerdo al derecho o a la ley) y de la libre determinación de los pueblos.
Por la imperdonable desidia nacional, nos sobrevino la guerra con Chile para la que no nos habíamos preparado, y su consecuencia fue la nefasta sociedad de la derrota que nadie –salvo Juan Velasco Alvarado– se preocupó por atenuar o acabar, con su espíritu nacionalista, –este término lo refiero como sinónimo de patriotismo–, en fortalecer el ego nacional, acrecentando el amor a la patria, que hoy es solo una pantomima, pues a la inmensa mayoría de peruanos, por ejemplo, le importa un comino el servicio militar obligatorio, creyendo que enrolarse para servir a la patria, es una completa pérdida de tiempo.
Vamos camino a 3 décadas de crecimiento económico por el auge del precio de los metales en el mercado internacional y, sin aprender la lección, seguimos dominados por la desidia y la ausencia de prospectiva, carentes absolutamente de políticas de Estado, dominados por la negligencia para con nuestro futuro, un Estado sin autoridad que le ponga orden a la patria, gobernando reactivamente todo el tiempo, exactamente como un barco naufragando, y como en el siglo XIX, con una mayoritaria clase política completamente desconectada de la realidad, que todo el tiempo solo piensa en sus intereses personales que son los de sus bolsillos, decidiendo según el pulso o temperamento de las calles, como ayer, en que, advertidos si acaso no censuraban al ministro del Interior, serían corridos de sus escaños en la av. Abancay, por la ira social colectiva, en medio de un país cuya gente sigue hartándose.
El Perú sigue deshaciéndose porque no hay pantalones ni faldas para reconducir al país antes que siga perdiéndose y termine cayendo en las profundidades del abismo de la desgracia. El Perú exige medidas radicales y profundas para cambiar nuestro destino. El Perú necesita un ciudadano o ciudadana valiente que no consiga el poder para gobernar calculando qué hacer o no hacer, según el parecer de la opinión pública. El Perú necesita una revolución en democracia y con la Constitución en la mano. El Perú exige un gobierno pragmático que aplique el poder sin complejos ni sesgos, convocando a todos sus ciudadanos, sin ideologías, que estén libres de ataduras y eso sí, limpios de la corrupción, de la delincuencia, honrados a prueba de balas, pulcros, ejemplo en sus casas y en sus trabajos. Si no damos el paso habremos caído en la desgracia de la segunda prosperidad falaz dejándonos caer en las manos de los cobardes y los mediocres, y, entonces, el país se habrá perdido.
- Excanciller del Perú e Internacionalista









