19 junio 2026 / 20:55

La Casa del Periodismo

Francisco Marcos Marín: «La historia de España se puede entender, y quizás mejor, de sur a norte» (1/2)

Mares 30 - enero 5, 2025

Entrevistado por Mohamed El-Madkouri

(Universidad Autónoma de Madrid)

 

Francisco Adolfo Marcos Marín (Madrid, 20 de junio de 1946) es un profesor y lingüista español, también ciudadano estadounidense. Desde 2004 fue profesor de Lingüística y Traducción en la Universidad de Texas en San Antonio, retirado hoy día como profesor emérito de dicha universidad. De su experiencia internacional puede destacarse que ha sido professore ordinario per chiara fama de la Università di Roma, La Sapienza, catedrático de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid y de Historia del Español en la Universidad de Valladolid. Ha sido profesor invitado o visitante en numerosas universidades. Es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (2001) y de la Academia Argentina de Letras (2002) y Ciudadano Honorario de San Antonio, Texas.

 

Francisco Marcos Marín es autor de varias obras, entre ellas podemos mencionar las siguientes:

 

Poesía narrativa árabe y épica hispánica (1971) – Aproximación a la gramática española (1972) – Lingüística y lengua española (1975) – El comentario lingüístico (metodología y práctica) (1977) – Curso de gramática española (1980) – Literatura Castellana Medieval. De las jarchas a Alfonso X (1980) – Metodología del español como lengua segunda (1983) – Comentarios de lengua española (1983) – Introducción a la lingüística: historia y modelos (1990) – Los retos del español (2006) – Dominio y Lenguas en el Mediterráneo Occidental hasta los inicios del español (2023) – Odysseos (1999) – Lectura de su pluma (2002), etc.

 

Nuestro entrevistado en esta ocasión es D. Francisco Marcos Marín, un lingüista español transnacional con una notable trayectoria formativa, profesional e investigadora, que nos habla de un interesante libro que implica no solo a España, sino al norte de África.

 

Marcos Marín, F. (2023): Dominio y Lenguas en el Mediterráneo Occidental hasta los inicios del español. Valencia: ULTREIA Editorial del IVEMIR-UCV (Colección Ramón Arnau García)

Usted es el autor de este libro que yo me atrevería a calificar con el adjetivo mediático de rompedor. Lo es en gran medida por su originalidad y por sus conclusiones. De hecho, cuando uno lee un libro de historiografía tradicional europea observa cierta segmentación entre el norte del Estrecho y el sur como si hubieran vivido siempre, de espaldas el uno con el otro, como mundos separados e infranqueables. Lo que entendí de su libro es todo lo contrario. Para mí, como lector, esta lectura supuso la respuesta a un interrogante que me surgió a finales de los años 90 cuando compartía piso con otro estudiante, Mohamed Kbiri Alaoui, ahora afamado arqueólogo marroquí, que volvía de vez en cuando frustrado a casa quejándose:

 

“No entiendo a éstos [el equipo de investigación, supongo]: siempre que se encuentran trocitos de vasija los consideran del norte, y han sido trasladados allá ¿Por qué no podría ser al revés?” – se preguntaba.

 

La verdad es que el Dominio y Lenguas en el Mediterráneo Occidental hasta los inicios del español, da respuesta a esta pregunta y a otras más, incluida la de que el catolicismo penetró en la Península Ibérica a través del norte de África. De hecho, para construir un libro como éste no basta con ser filólogo o lingüista, sino que habría que ser multidisciplinar con amplios conocimientos de historia humana, geografía, antropología, historia de las religiones, especialmente del catolicismo y del arrianismo, y por encima de todo esto, la arqueología. La primera pregunta que surge a la mente de los filólogos y lingüistas es:

 

¿Podría hablarnos, profesor, de su trayectoria formativa, profesional e investigadora que le han ayudado a escribir un libro tan multidisciplinar como éste, incluido su interés por lo árabe? Recuerdo que usted es catedrático de lingüística, tanto en España como en EE.UU, pasando por Italia, y no arabista en el sentido clásico y normativo de la palabra.

 

Quizás no haya un sentido clásico y normativo de la palabra “arabista”. Además de los cursos básicos de árabe, obligatorios, y dos cursos voluntarios, que hice en la Facultad de Letras de la Universidad Complutense, dos de mis cuatro cursos de doctorado fueron de árabe, uno de literatura clásica, con don Elías Terés, director de mi primera tesis doctoral y otro de Literatura moderna, con don Pedro Martínez Montávez. 

 

Mi primera tesis doctoral, publicada como “Poesía narrativa árabe y épica hispánica” incluyó una traducción mía de un largo poema y muchos textos árabes. Además de estudios diversos en Túnez, Egipto y Marruecos, he terminado todos los estudios de árabe, incluido el nivel superior, en los cursos intensivos de Middlebury College, en Estados Unidos y todos los cursos de árabe clásico (cuatro niveles) y de árabe palestino (seis niveles) en un prestigioso centro privado de Jerusalén con reconocimiento institucional en universidades de varios países, incluida España, Polis – The Jerusalem Institute of Languages and Humanities. 

 

Nunca he sido profesor de árabe y quizás a eso se refiere su recuerdo. He dado alguna clase, excepcionalmente; pero nunca he sentido la vocación de enseñar lenguas a principiantes. También he estudiado otras lenguas semíticas de modo regular, especialmente el siríaco antiguo o de modo particular, como el hebreo o el fenicio-púnico. Me interesa mucho la lingüística semítica y sigo con atención la bibliografía y las redes sociales. También me interesa la traducción y estoy integrado en algunas redes de traductores de árabe. 

 

Mi segunda tesis doctoral, en 2023, que adelanté en parte en el libro que comentamos, en Ciencias de las Religiones, fue dirigida por una excelente arabista e historiadora, doña María Jesús Viguera.

 

He hablado anteriormente de cierto afán arqueológico real y notable en su libro, pero también se observa cierta cosmovisión simbólica o metafórica de conjunción de las dos riberas del Mediterráneo en la época estudiada.  ¿Podría informarnos cómo le ha surgido la idea de explorar la antigüedad y las confluencias lingüísticas de las lenguas del Mediterráneo Occidental? Lo digo porque la investigación puede calificarse de original no solo por sus resultados y metodología, sino también por la idea misma de investigar algo necesario para el conocimiento humano, pero poco explorado. La originalidad en este caso consiste en la elección del tema de las Lenguas en el Mediterráneo Occidental hasta los inicios del español y sus relaciones de poder.

 

La palabra “dominio” en el título, complicada para su traducción al árabe, tiene un significado mucho más amplio que el de “relaciones de poder”. Son también relaciones espaciales. He tenido la fortuna de trabajar cerca de arqueólogos, desde el inicio de mi carrera, en Egipto, y especialmente en los últimos quince años, primero en Tejas, sobre arte rupestre, como miembro de SHUMLA, una institución prestigiosa, arqueológica y educativa, y luego en Jerusalén, donde estudié los cuatro cursos del programa de Geografía Histórica y realicé prácticas sobre el terreno en Tierra Santa, desde el Golán al Neguev, durante cuatro años, también con Polis. 

 

Siempre he tenido claro que la Filología mejora con el apoyo de varias ciencias, especialmente la Arqueología y la Historia, entre otras. Un repaso arqueológico del norte de África, aunque sea breve y superficial, muestra la importancia de ese dominio geográfico en el ámbito bereber, fenicio-púnico y romano, antes de su incorporación a la cultura árabo-islámica. El norte del Marruecos actual formaba parte de la diocesis Hispaniae en la época romana imperial. Los pasos e intercambios al norte y sur del Estrecho de Gibraltar han sido constantes. No siempre amistosos y no siempre belicosos. Hay mucho desconocimiento y quizás mucha falta de interés y empatía al respecto. 

 

¿Cómo ha podido hilvanar y atar los cabos sueltos de una materia tan dispersa, heterogénea, pero imbricada, vista desde el punto de vista estrictamente metodológico? Este modo de investigar nos devuelve a épocas donde el investigador “sabio” es una verdadera enciclopedia que alberga conocimientos, como en este caso, de arqueología, antropología, climatología, teología, historia de las religiones, de las lenguas, de lingüística histórica teórica, amén de la lexicografía, el contacto de lenguas, el bilingüismo, etc.

 

Mi padre, Francisco Marcos de Lanuza, fue un geómetra muy interesado por las lenguas, la Literatura y la Historia. Desde muy pronto se ocupó de que estudiara francés, inglés, latín y alemán, además de Historia, Matemáticas y Biología. Cuando uno empieza a estudiar lenguas de niño, lleva esa curiosidad toda la vida. Estoy muy agradecido a mis maestros y profesores en los diversos lugares donde he podido estudiar. La lista de nombres sería muy larga y podría parecer presuntuosa. Todos ellos han sido profesores de otros compañeros, a los que aprecio enormemente, en distintos países. 

 

Lo que importa aquí es que incentivaron mi curiosidad por temas diversos multiculturales y me ayudaron con gran generosidad de su tiempo. No quiero parecer injusto con los que no puedo citar en este espacio; pero como la pregunta es metodológica, puedo concentrarme en menos nombres. Ya he mencionado a los directores de mis dos tesis doctorales, exigentes en la investigación, su coherencia y su presentación comprensible. 

 

Rafael Lapesa me enseñó a trabajar en Filología con atención a todas las lenguas peninsulares, sobre todo las iberorrománicas, a ir más allá del castellano y a ser muy exigente con los datos. 

 

Pedro Martínez Montávez me transmitió su amor por la cultura árabe y la exigencia de conocer lo que los árabes estudian y proponen, más allá de lo que otros dicen de ellos. 

 

Otro gran arabista, Federico Corriente, con quien tuve la suerte de convivir en Zaragoza y viajar durante algunos años, me hizo ser muy consciente de la realidad lingüística de Al-Ándalus y de otras muchas posibilidades de la investigación en lenguas semíticas. 

 

Uno siempre tiene una visión subjetiva, así que, con la relativización inevitable tengo que señalar que mi gran deuda metodológica es con la visión de la realidad histórica de España de Américo Castro. Don Américo me enseñó el valor de las intuiciones y las interrelaciones. También el peso del sufrimiento que lleva a iniciativas nuevas. 

 

El rechazo nunca es agradable; pero uno tiene que aprender a convivir con él. No todo el mundo tiene la mente abierta a aceptar propuestas que parecen atractivas y convincentes a otros. Ni el pensamiento único ni las gentes de un solo libro son buenos compañeros de un investigador como el autor del libro que ha motivado sus preguntas.

 

Ha hablado usted de aceptar y rechazar. Todos sabemos que el mundo académico tiende a ser muy conservador y a poner en tela de juicio lo innovativo. Usted tiene ya una muy amplia experiencia de ese mundo y sus reacciones. ¿Qué espera de este libro entre esos dos polos?

 

Me conformaría con que se leyese con curiosidad, buscando en él lo positivo, la búsqueda de nuevas interrelaciones; y que animara a los investigadores jóvenes a no dar nada por terminado, a seguir investigando, a buscar nuevos planteamientos. Si hay algo definitivo, es muy poco. Queda mucho por hacer y hay nuevos enfoques y una metodología que se apoya en un acceso a los datos como nunca hubo. 

 

Soy consciente de que, igual que en él he modificado bastantes cosas de mis conclusiones y planteamientos previos, bastantes afirmaciones y propuestas de este libro ameritan mejoras. Es un libro, una síntesis de conocimientos. Me parecería especialmente útil que mostrase que la historia de España también se puede entender y quizás mejor, de sur a norte, y que los nuevos planteamientos obligan a estudiar más, en todo caso. 

 

Decir, por ejemplo, que el vascuence que conocemos en Francia y España no es una lengua prerromana, sino posterior al siglo V, obliga a estudiar qué lenguas se hablaban en el territorio de los llamados vascones por Plinio y los geógrafos latinos. Postular el paso de un latín o un árabe clásicos silábicamente cuantitativos a unos romances primitivos y un árabe andalusí y moderno isoacentuales, hasta dar paso al español moderno, isosilábico, va unido a la necesidad de replantear la Fonología Histórica, una línea que pudo iniciar y no completar otro maestro, Emilio Alarcos. Entender que nuestros maestros (y puede incluirse a Mahmud Alí Makki) abrieron vías que no están cegadas, sino que siguen abiertas a nuevos hitos y desarrollos tiene que ser, para un humanista, como para cualquier científico, muy estimulante.

 

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