20 junio 2026 / 02:37

La Casa del Periodismo

Ni de aquí ni de allá: crecer entre fronteras 

mares30 - marzo 1, 2026

Mohamed El-Madkouri*

Entre un pasaporte que abre fronteras y una memoria que marca pertenencias, crecen los hijos de la migración. Habitan esa franja intermedia donde los derechos están claros, pero la identidad no siempre. Heredan una nostalgia que no vivieron y un relato familiar que les sirve de brújula, aunque no siempre sepan hacia dónde apunta.

 

En casa, la lengua de origen es afecto, norma y memoria; fuera, puede convertirse en acento señalado. Se mueven con naturalidad por ciudades modernas y espacios académicos exigentes, pero al cruzar la puerta del hogar cambian los códigos, los ritmos y las expectativas. No hay necesariamente conflicto abierto, pero sí una negociación constante entre referentes distintos.

 

La conciencia de la diferencia aparece pronto. En la escuela descubren que su nombre despierta curiosidad, que su historia requiere explicación. Aunque dominen la lengua y los códigos del entorno, persiste una sensación de extranjería sutil: nunca del todo ajenos, nunca del todo idénticos.

 

Tampoco son idénticos a sus padres. Estos miran el país de origen con la selección afectiva de la memoria y tratan de preservar valores, costumbres e idioma como quien protege algo frágil. Los hijos, en cambio, crecen en otra velocidad y con otros marcos culturales. Para ellos, la tradición puede ser refugio, pero también carga. La identidad que construyen no es suma ni ruptura absoluta, sino una síntesis cambiante que se ajusta con el tiempo.

 

El viaje al país de origen suele presentarse como reencuentro esperado. Sin embargo, la experiencia no siempre confirma la expectativa. Algunos jóvenes lo viven con ilusión; otros, con ambivalencia o rechazo. En ciertos casos, el país de origen ha sido utilizado como amenaza disciplinaria o descrito como símbolo de carencia frente al “éxito” de la emigración. Ese discurso contradictorio dificulta el vínculo: si marcharse fue progreso, ¿qué representa quedarse?

 

Además, escuchan conversaciones sobre proyectos fallidos, conflictos familiares, disputas económicas o trámites opacos. El país idealizado se muestra entonces en su complejidad. El retorno no es solo descubrimiento cultural, sino contacto con tensiones heredadas que no siempre comprenden.

 

La lengua intensifica esa distancia. Muchos jóvenes manejan un registro limitado del idioma familiar, suficiente para lo cotidiano, pero insuficiente para matices, ironías o debates. En contextos bilingües o plurilingües, puede incluso existir una lengua patrimonial que no fue transmitida. No comprender plenamente ciertos códigos lingüísticos refuerza la sensación de estar en los márgenes: descendientes, pero no herederos completos.

 

También surgen choques de mentalidad. Lo que unos interpretan como apertura, otros lo leen como desapego; lo que para algunos es coherencia cultural, para otros resulta rigidez. El país imaginado en los relatos familiares no coincide siempre con la realidad marcada por burocracias, desigualdades y cambios sociales. De ahí nace una doble sensación de extrañeza: no pertenecer por completo ni al lugar de residencia ni al de origen.

 

Sin embargo, en esa fractura hay también potencial. Los hijos de migrantes desarrollan competencias que otros no necesitan: traducen códigos, combinan referencias, aprenden a habitar la complejidad. Su identidad no es un territorio fijo, sino un proceso en diálogo permanente.

 

Quizá no encuentren un puerto definitivo, pero sí una forma propia de pertenencia. Porque la patria no es únicamente un lugar; puede ser una memoria, una lengua transformada, un conjunto de vínculos que sobreviven a la distancia. El primer hogar —real o imaginado— no desaparece, pero tampoco impide construir otros.

 

No son aves extraviadas, sino personas capaces de orientarse con más de una referencia. En su recorrido muestran que la identidad no es una jaula cerrada, sino un horizonte en movimiento.
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(*) Hispanista y académico 

Fuente: Mohamed El-Madkouri, coautor junto con Beatriz Soto Aranda de: Escuela e inmigración: la experiencia española (2012), publicado por la Universidad de Varsovia: Instituto de Estudios Ibéricos e Iberoamericanos.

 

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