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Nosotros y España, Algunas reflexiones  2/3

mares30 - julio 9, 2024

 

Mohamed Abrighach

 

Marruecos y España tienen también dos costas y dos mares: el Atlántico y el Mediterráneo. Estos últimos fueron utilizados por ellos en sus aventuras de conquista, invasión, búsqueda de mercados, lucha contra el enemigo, creando por ello, por un lado, contactos caracterizados a la vez por desencuentros y encuentros, paces y guerras, y por otro, dos respetivas vocaciones culturales enriqueciendo más su diversidad y apertura hacia el mundo exterior y de su entorno. Este es un dato a tomar muy en cuenta. Esta vecindad la vive intensamente Marruecos porque está rodeado desde dos flancos por España.

 

En el Atlántico, tiene enfrente al archipiélago de las Islas Canarias todavía consideradas como pertenecientes al antiguo imperio jerifiano por un minoritario sector del nacionalismo marroquí, y africanas por los nacionalistas canarios oriundos del pensamiento proafricano de Antonio Cubillos en su reivindicación de los indígenas guanches, antiguos beréberes que, según los antropólogos, procedían de Marruecos a raíz de sus sucesivas deportaciones por los romanos desde el sur del país. Hace años, un grupo de jóvenes de Sidi Ifni subieron a la Pagaduría, antiguo Consulado Español y propiedad inmueble española, blandiendo la bandera bicolor y reivindicando la nacionalidad española a la que, con o sin razón, piensan tener derecho por haber pertenecido a España la ciudad desde 1934 hasta 1968. ¿Nostalgia colonial o ilusión juvenil de desamparados? Puede ser la primera o la segunda, o ambas a la vez, pero lo cierto es que algo de historia hispano-marroquí tiene. 

 

Por el Mediterráneo, nos separa solo el Estrecho tan estrecho como hemos dicho, pero también España está muy cerca por tierra y mar ocupando territorios geográfica e históricamente marroquíes.  Algunos de ellos le fueron cedidos por el poder central en circunstancias históricas delicadas.

 

Me refiero a Ceuta y Melilla, Peñón de Vélez, Islotes de Alhucemas e Islas Chafarrinas. Esta situación es, léala como quiera el lector, un intento histórico español de ponerle coto al país o asediarlo limitando sus movimientos y proyección exterior, sobre todo que fue considerado siempre, incluso en la actualidad como fuente de peligro y amenaza. Recuerden esta expresión de nubes de langosta amarilla utilizada por Emilio García Gómez al hablar de la invasión almorávide y almohade de la Península.   

 

La realidad que he descrito a grandes rasgos, pueda sonar tal vez a simple anécdota, pero no es en absoluto nada baladí. Tiene una significación social, geoestratégica y sicológica innegable. Refleja que España nos rodea o condiciona vitalmente por todos los lados, en el Mediterráneo, el Estrecho y el Atlántico. Es tan así que nuestro destino depende en parte –no sé en qué proporción, pero allí está– de ella. 

 

La geografía ha hecho también nuestra historia con nuestro vecino peninsular profunda y más compleja aún. Así se debe entender siempre por los marroquíes y particularmente los estudiosos, los diplomáticos y los historiadores. Se remonta a siglos en los que hubo de todo, encuentros y desencuentros, tiempos de guerras, convivencias y paces, flujos humanos de una ribera a otra, originando siempre traumas, pero también contigüidades interculturales de toda índole.

 

Son tan arraigadas estas relaciones porque la vocación mediterránea de España, la tercera identidad configuradora de su ser como nación, ha sido volcada esencialmente hacia Marruecos, siempre confundido con África en el pensamiento político e imaginario popular, y viceversa, la vocación mediterránea y europea de Marruecos ha sido esencialmente hispánica y no francófona.

 

Con Francia solo tenemos una brevísima historia que data tan solo de la ocupación colonial de 1912. Su presencia fáctica en nuestro suelo no alcanza medio siglo, 44 años exactamente, algo poco trascendente y su incidencia en el ser y cultura marroquíes es por lo tanto residual, nada comparable con lo que significa lo español y lo hispánico a este tenor  Dicho en otros términos, ambas orillas, naciones o territorios se han venido condicionando unos a otros influyendo en sus destinos con incidencias claras y visibles, no podía ser de otra manera, en el pathos cultural como la lengua, las costumbres, el carácter, la arquitectura, etc., incluso en ámbitos de la biología como la sangre y la genética. Datos hay ad infinitum. Dan para escribir todo un libro. Sin embargo, a efectos de ilustración, intentaré refrescar la memoria del lector con algunos de ellos. 

 

El actual Marruecos formaba parte en la época preislámica, léase romana y cristiana, del imperio romano. Se llamaba entonces Mauritania Tingintana, una provincia que dependía de España también romana llamada Baetica, precisamente de la diócesis Hispania por lo que fue también llamada Hispania Transfretana, la que está más allá del Estrecho. Ello indica que, entre el sur y el norte del Estrecho, la gente mayoritariamente de lengua amazigh y latina se comunicaban entre ellos con estas lenguas y atravesaban sin problemas y con naturalidad en ambas direcciones el Mediterráneo por razones de diversa índole.

 

Por ello, hablar de invasión o conquista de España en 711 es poco fundado. Obedece más bien a pruritos de ideología nacionalista, católica en España pensando en justificar la posterior reconquista, y panárabe en Marruecos. Fue resultado del continuun natural en flujos humanos y culturales entre sur y norte. Tienen razón tanto Ignacio Olagüe en Les árabes n’ont pas envahi l’Espagne (1969) como Emilio Ferrín en Cuando fuimos árabes (2018), cuando niegan, aunque desde perspectivas distintas, el hecho de la conquista afirmando la importancia de lo árabe en la configuración de la identidad española. El al-Ándalus o el islam español se debe considerar, no sin tomar en consideración su pluralidad y complejidad étnica, social y humana, como periplo esencialmente marroquí porque fueron los propios marroquíes, por ser mayoría en términos de población, los artífices que estaban detrás, primero, de su ocupación militar, y después, de su configuración administrativa, cultural, artística y lingüística, así como de su evolución durante sus ocho siglos de existencia como tal.

 

No extraña que el componente andalusí haya sido considerado en Marruecos como parte integrante de su identidad diversa al lado de otros como el judío, el hassani-sahariano, al haberlo incluido en el preámbulo de su última constitución del 2011. Un claro e inequívoco reconocimiento oficial de nuestros íntimos vínculos e implícitamente de la importancia de la lengua española en nuestra historia con la que, por paradoja, se está cometiendo en la práctica, hoy en día y desde la independencia, una injusticia al relegarla a ser marginal en el mercado lingüístico, pese a ser no colonial e haber influido en el ADN de nuestras lenguas locales, el árabe dialectal, el amazigh del norte y del sur, y la hassanía del Sahara. Merece la pena no dejar de mencionar, siempre a titulo recordatorio, que al-Ándalus estaba durante mucho tiempo dependiente de Marruecos en clave política, administrativa y espiritual por formar parte de las más importantes dinastías, la almorávide y la almohade. 

 

Hispanista, escritor y presidente 

de AMEII, Agadir

NOSOTROS Y ESPAÑA. ALGUNAS REFLEXIONES 1/3

 

 

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