El cineasta español-gallego, Oliver Laxe, sitúa a Marruecos en el centro de su trayectoria personal y artística al hablar de Sirāt, una película que, según explica, no habría sido posible sin la experiencia vital y creativa que vivió en el país magrebí. En la entrevista concedida ayer domingo al diario El País, Laxe subraya que su decisión de marcharse a Marruecos a los 24 años supuso un punto de inflexión decisivo: “Buscaba alma. En Londres no entendía nada y en Marruecos lo entendía todo”. Allí, afirma, recuperó una mirada interior y una conexión profunda con lo humano que marcarían de forma permanente su cine.
El director recuerda que fue en Marruecos donde rodó sus dos primeras películas, Todos vós sodes capitáns y Mimosas, ambas presentadas y premiadas en Cannes, y donde consolidó una forma de hacer cine alejada de los estándares industriales y más próxima a la experiencia espiritual y al riesgo artístico. Describe Marruecos como un espacio de aprendizaje interior, de silencio y de confrontación con uno mismo, que le permitió asumir una posición creativa radical y contracultural.
En relación con Sirāt, parcialmente rodada en el desierto marroquí, Laxe defiende la ambigüedad deliberada del filme frente a las críticas recibidas. Aclara que la película evita referencias explícitas a conflictos concretos porque su objetivo no es didáctico ni panfletario, sino emocional y existencial. “Mi película acoge un dolor que no tiene bandera, ni raza ni género”, sostiene, reivindicando el arte como un espacio para evocar y no para imponer lecturas cerradas.
La entrevista también pone de relieve la influencia del sufismo, corriente mística del islam que Laxe conoció en Marruecos y que define hoy su relación con la espiritualidad. Para el director, la espiritualidad es “una sensibilidad ante el misterio” que trasciende religiones y dogmas, y que impregna tanto su vida como su cine. Esa dimensión espiritual, aprendida en gran medida durante su estancia en Marruecos, es presentada como uno de los pilares de Sirāt y de su manera de entender la creación artística.
Lejos de incomodarle la polarización que ha generado la película, Laxe afirma sentirse tranquilo y coherente con su recorrido. Considera que las reacciones extremas confirman que Sirāt funciona como un “rito de paso” para el espectador, una experiencia destinada a sacudir y a confrontar, del mismo modo que él mismo fue confrontado consigo mismo durante sus años en Marruecos. En ese sentido, Marruecos aparece en su discurso no solo como un lugar de rodaje, sino como un territorio formativo esencial que sigue definiendo su mirada y su apuesta cinematográfica.









