20 junio 2026 / 00:08

La Casa del Periodismo

Redes sociales… fábrica de certezas rápidas

mares30 - febrero 23, 2026

Mohamed El-Madkouri*

Recuerdo una tarde de invierno en la que estaba sentado a mi pequeña mesa, en un país que con el tiempo se había vuelto extraño para mí. Apoyaba la cabeza en la palma de la mano y observaba los asientos a mi alrededor. En la televisión emitían un programa sobre las transformaciones políticas en África; sin embargo, nadie miraba la pantalla. Todos tenían la vista dirigida hacia abajo, hacia teléfonos que brillaban cada vez que se movían. Cada uno parecía sostener una pequeña lámpara que no servía para orientarse, sino únicamente para iluminar su propio rostro.

 

Aumentó entonces mi convicción de que la verdad —esa palabra que en nuestra juventud respetábamos e incluso temíamos— había cambiado de condición en la era de las pantallas pequeñas. Ya no es una balanza a la que acudimos para contrastar; se ha convertido en una mercancía por la que se compite: quién formula la afirmación más impactante, quién logra mayor difusión, quién se impone con mayor rapidez.

 

Siempre se ha hablado de todo; eso no es nuevo. Lo singular de nuestro tiempo es que ha producido una suerte de justificación filosófica para ello. Se ha persuadido a muchos de que la opinión personal es suficiente y de que el conocimiento no es más que una intuición o una impresión subjetiva. Me sorprendía ver cómo alguien intervenía con absoluta seguridad en asuntos que jamás había estudiado, no porque se hubiera formado en ellos, sino porque “Google está ahí” y porque, en un tiempo en el que la prueba rara vez prevalece, el tono categórico sustituye al argumento.

 

Devaluación del rigor académico

 

Recuerdo también los años de estudio universitario y el esfuerzo silencioso que solo comprende quien lo ha vivido: páginas que se acumulan, profesores que te devuelven un trabajo para que lo rehagas, noches largas en las que uno se enfrenta honestamente a lo que sabe y, sobre todo, a lo que ignora. Allí comprendí que el saber tiene límites y que el investigador responsable debe reconocerlos antes de avanzar. Aprendí que toda certeza es provisional y que formular una buena pregunta resulta, en ocasiones, más complejo que ofrecer una respuesta. Aprendí, igualmente, a decir “no lo sé” con serenidad, porque reconocer el límite es parte esencial del conocimiento.

 

Sin embargo, al salir al espacio público, esa prudencia suele interpretarse como debilidad, y esa cautela como vacilación. Resulta llamativo comprobar cómo quienes elevan la voz con mayor contundencia logran imponerse en la conversación, aun cuando titubeen ante una pregunta elemental. El investigador que matiza y distingue queda desplazado frente a quien reduce el mundo a una dicotomía simple y fácilmente asimilable. Nuestro tiempo prefiere la conclusión rápida y desconfía del detalle; no tiene paciencia para la complejidad. Y en ese escenario, el intelectual pierde terreno.

 

También recuerdo lo que escuchaba en la universidad acerca de algunos que habían obtenido el título de doctor sin haber recorrido realmente el camino que exige. Eran comentarios discretos, casi susurrados, hasta que uno mismo empezaba a advertir trayectorias llamativas: jóvenes que frecuentaban más los cafés y los espacios de ocio que la biblioteca y que, al cabo de unos años, colgaban en la pared títulos solemnes. El dinero no compra el conocimiento, pero puede pagar a quien redacte tesis, escriba artículos y ordene bibliografías. Así, alguien puede parecer erudito sin serlo verdaderamente. No todo quien posee un doctorado es doctor en sentido pleno. El saber no se adquiere por transacción económica ni se alquila de manera provisional; exige tiempo, disciplina y honestidad intelectual. Naturalmente, existen diferencias notables entre contextos, instituciones y personas, y conviene no generalizar.

 

Los límites de la especialización ante el experto universal

 

Al observar la figura del “experto universal” googleano que se asoma por las pantallas o en los corillos de las cafeterías, comprendí que el saber ya no reside únicamente en quién se ha formado con rigor o ha experimentado con la vida, sino en quién sabe hacerse visible. Éste rechaza para sí la especialización, pero la exige a los demás. Si alguien opina fuera de su ámbito inmediato, el experto universal le recuerda que ha traspasado sus límites; mientras tanto, él, se desplaza entre disciplinas como quien recorre tiendas de un mercadillo que bien conoce.

 

En cuanto a la llamada “posverdad”, tan repetida en ciertos círculos intelectuales, he tenido la impresión de verla materializada. Los filósofos que hablaron del “fin de los grandes relatos” no negaban la verdad; cuestionaban la pretensión de poseerla de forma absoluta. Sin embargo, en el tránsito hacia las redes sociales esa idea se simplificó: lo más visto parece más verdadero; lo más repetido termina por asumirse como real. La difusión sustituye a la demostración, y la popularidad se convierte en criterio de validez.

 

La universidad y el nuevo universitario

 

Los episodios anómalos que surgen en el ámbito universitario generan, con razón, debate y atención pública. Cuando corresponde, deben resolverse en los tribunales y mediante los mecanismos institucionales pertinentes. No obstante, preocupa que la excepción se convierta en regla y que algunos celebren la oportunidad de presentar a la universidad como una institución intrínsecamente desacreditada. Tal reacción refleja un clima más amplio de erosión del respeto hacia el conocimiento y hacia las instituciones que lo custodian.

 

Es cierto que parte de la élite académica ha contribuido en ocasiones a ampliar la distancia con la sociedad, ya sea mediante un lenguaje innecesariamente hermético o actitudes poco abiertas al diálogo. También es verdad que los comportamientos individuales pueden dañar la credibilidad colectiva. Pero la respuesta no consiste en desmantelar el principio de especialización ni en extender la sospecha indiscriminada, sino en acercar el conocimiento a la sociedad y en atribuir las responsabilidades a quienes efectivamente correspondan.

 

Verdad y opinión, razón e impresión

 

Con frecuencia uno se pregunta por qué hemos llegado a equiparar la impresión subjetiva con la investigación rigurosa, la opinión con la experiencia acumulada. Cuando la verdad se desplaza de su lugar, el conocimiento se reduce a una opinión más y la opinión se reviste de verdad. Todo se convierte en cuestión de “sensación”. Y cuando ese punto se alcanza, el método deja de ser relevante.

 

Converso a veces con personas que no han completado su formación académica y las escucho pronunciarse con absoluta seguridad sobre cuestiones complejas. No hay necesariamente mala intención; son, simplemente, hijos de su tiempo: un tiempo que sospecha de toda autoridad intelectual y desconfía de las instituciones. Lo paradójico es que esa desconfianza se transforma en una nueva certeza que no admite revisión.

 

Quizá no vivimos solo en la era de la posverdad, sino también en una suerte de era posespecialización: un momento en el que se invita al experto a callar y se anima al no experto a hablar con contundencia. Resulta inquietante imaginar un futuro construido sobre algoritmos que desconocen la paciencia del investigador y el esfuerzo del estudioso.

 

Ante ello, solo queda mantener fidelidad al método aprendido: hablar de lo que se conoce, reconocer con serenidad lo que se ignora y avanzar con prudencia hacia lo desconocido. Si el nuevo guardián de la verdad y el experto universal lo aprueban, bien; y si no, basta con recordar que el mérito del ser humano reside en el esfuerzo que realiza por comprender.

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(*) Hispanista y académico

Categorías : Bajo la Lupa Opinión