El director español Oliver Laxe ha subrayado que Marruecos ocupa un lugar central en la concepción espiritual y narrativa de Sirât, una obra que, según sus propias palabras, establece un diálogo profundo con el islam y el sufismo y que no podría entenderse al margen de su experiencia vital en el país. En una entrevista concedida al diario argentino La Nación, Laxe explicó que vivió durante diez años en Marruecos y que esa etapa marcó de forma decisiva su manera de entender el cine, la vida y la relación con la muerte, un eje fundamental de la película.
El cineasta afirmó que, aunque la historia podría haberse filmado en otros territorios, Marruecos no es en ningún caso un simple escenario visual, sino un espacio cargado de sentido espiritual y simbólico. «Marruecos no es un mero decorado. Esta película dialoga mucho con el Islam y con el sufismo», señaló, insistiendo en que las tradiciones religiosas y espirituales presentes en el país le permitieron profundizar en una idea compartida por muchas culturas: la necesidad de aprender a morir con dignidad. En ese contexto, evocó una expresión árabe que escuchó al llegar al país y que le marcó profundamente: «De Dios venimos y a Dios volvemos», una frase que, según explicó, le ayudó a comprender la aceptación, el desapego y, al mismo tiempo, la libertad interior.
Laxe vinculó esa enseñanza directamente con su propio recorrido personal y creativo, asegurando que tanto Sirât como el conjunto de su filmografía forman parte de un mismo proceso de maduración. «Todos esos años en Marruecos, así como esta película y el resto de mis trabajos, no fueron otra cosa que el proceso de aprender a morir con dignidad», afirmó, añadiendo que esa relación consciente con la muerte le permitió huir de lo que describió como cierto infantilismo dominante en las sociedades occidentales y asumir una mirada más profunda y reconciliada con los límites de la existencia.
El director reconoció que la historia de Sirât podría haberse desarrollado también en otros espacios desérticos, como la Patagonia argentina o el norte de Argentina cerca de Bolivia, y subrayó su estrecho vínculo emocional con ese país, donde parte de su familia emigró hace décadas. Sin embargo, insistió en que la experiencia marroquí fue determinante para dar forma al espíritu del filme, concebido como un viaje físico y espiritual en el que el desierto, la fe y la aceptación de la muerte se entrelazan para ofrecer al espectador una experiencia cinematográfica radical y transformadora.









