Vicente Farach*
Si los recuerdos de la infancia son siempre imborrables, en mi caso, que tuve la suerte de pasarlo en Tánger, resultaron mucho más especial. Transcurrida en la década de los 50, cuando la ciudad contaba con unos 200.000 habitantes de los que unos 45.000 éramos españoles y otros 20.000 más de otras nacionalidades.
Un Tánger que reincorporada a Marruecos en 1956, con la independencia, tardaría unos cuatro años más en su incorporación definitiva.
Crecí, pues, en un ambiente cosmopolita de absoluta convivencia con gente de otros países y otras religiones. Aspectos estos que, sin duda, condicionaron la manera de ver la vida con tolerancia y respeto hacia los demás.
Mi padre, capitán de barco, trabajaba en una almadraba, situada donde las grutas de Hércules, durante los meses de marzo a junio, que eran los del paso de los atunes que eran capturados en las redes o copos previamente instalados. Y esos meses de preparativos y espera del paso de los atunes, para su captura, los pasaba por allí faenando.
Por la tarde, junto a mi madre, solían acudir a tomar el té a los sitios frecuentados por la sociedad tangerina de esa época: Café de París, Hotel Minzah o al café de Madame Porte. Yo los acompañaba disfrutando de suculentas meriendas.
Los domingos acudíamos al zoco chico. Mientras mi madre asistía a la misa en la Iglesia de la Purísima Concepción, le esperábamos en algunos de los cafés de la plaza: Fuentes o el Central. En ellos se reunían los españoles según sus ideas políticas. Tras la Guerra Civil muchos españoles se refugiaron en Tánger. Mi padre acudía, indistintamente, a cualquiera de los dos.
Cuando a mi padre lo destinaron a Túnez la empresa de la almadraba donde trabajaba, la familia nos instalamos en Alicante, ya que mi padre era del pueblo cercano de Benidorm.
La España de los finales de los 50 nada tenía que ver con el Tánger que había dejado. Allí quedaron mis sueños. Pero estos despertaron cuando a principios de los ochenta regresé, por temas profesionales.
El reencuentro fue para mí un nuevo despertar. Tuve la sensación que la ciudad me esperaba. En el puerto me recibió, escondida tras las muralles, la Kasbah, mientras el Continental se asomaba majestuoso ante mi vista.
Con el petit taxi quise hacer un pequeño recorrido por la ciudad: le fui indicando direcciones que me fueron llevando por la Avenida de España, que nos esperaba a la salida del Puerto con la estación del Tren y los famosos edificios de la terraza Renschausen. De ahí hasta Malabata para regresar por el Boulevard de París y tras pasar por la Gran Mezquita, el Instituto Español y el Consulado, dirigirnos hacia las grutas de Hércules, con parada y té en el Hotel Le Mirage, por donde pasan todas las celebridades que llegan a Tánger.
Regreso por el Aeropuerto para llegar hasta el Marshan, después de haber pasado por la Catedral Católica. Visita de las tumbas fenicias y té en el Hafa, contemplando la maravillosa vista del estrecho y las costas de España. Entrada por la Kasbah para bajar al Zoco grande y llegar al Minzah donde me alojaría.
Descubrí, así, un Tánger que se iba abriendo para en mis recientes viajes conocer una nueva y sorprendente ciudad comparable con las mejores ciudades mediterráneas pero que ha sabido conservar esa esencia que hizo de ella un mito que se sigue renovando con más fuerza si cabe, tal es el poder de atracción y fascinación con el que hoy Tánger recibe a los miles de turistas que buscan, y encuentran, un maravilloso lugar que ofrece todo lo que se puede y quiere buscar.
- Consejero del Consejo de las Cámaras de Comercio de la Comunidad Valencia y Cónsul honorario de Marruecos










