Fikri Soussan
(Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah de Fez)
Leía hace unos días un artículo del filósofo español Carlos Javier González Serrano titulado «Ennui: el tedio de lo mucho», y me detuve en una idea tan brillante como provocadora: no vivimos agotados por la falta de posibilidades, sino por su exceso. La «dictadura de lo mucho», como él la llama, convierte la abundancia en una nueva forma de vacío. «El homo consumens termina consumido por el propio consumo».
La observación es lúcida y, en muchos sentidos, difícil de refutar. Vivimos en una época en la que el exceso de opciones ha dejado de percibirse como una promesa de libertad para convertirse, con frecuencia, en una forma de fatiga.
La abundancia de estímulos, la sobreoferta de experiencias, la exigencia permanente de estar disponibles para nuevas oportunidades —profesionales, afectivas, intelectuales e incluso espirituales— termina generando una extraña forma de parálisis. No descansamos porque incluso el descanso ha sido absorbido por la lógica del rendimiento.
Sin embargo, mientras leía ese diagnóstico tan afinado sobre la saturación contemporánea, no podía evitar pensar en otra experiencia generacional, menos visible en ese tipo de análisis y mucho más cercana a nuestra realidad marroquí. Para muchos de nosotros, especialmente quienes nacimos en los años sesenta, el problema nunca fue el exceso, sino la ausencia. No crecimos bajo la tiranía de demasiadas opciones, sino bajo la pedagogía silenciosa de la escasez. Faltaban libros, faltaban becas, faltaban horizontes, faltaban pasaportes posibles y, en ocasiones, faltaban incluso las palabras para nombrar ciertas ambiciones.
La libertad no se vivía como saturación, sino como promesa aplazada. Y no era solamente una cuestión material. Había también una economía del silencio. Se aprendía pronto que ciertas preguntas no se formulaban en voz alta, que determinadas opiniones circulaban en voz baja, casi doméstica, y que el país tenía zonas visibles y otras que era mejor no mirar durante demasiado tiempo. La prudencia no era una virtud filosófica: era una forma de educación cívica.
Quienes crecimos en aquella atmósfera aprendimos una gramática muy particular de la supervivencia: estudiar mucho, hablar poco; avanzar, pero sin hacer ruido; aspirar, pero sin desafiar ciertos límites invisibles que todos conocían aunque nadie los explicaba del todo. Había una pedagogía tácita del límite. No se enseñaba en los programas escolares, pero organizaba profundamente la relación con el mundo, con la autoridad y con el futuro.
En el Rif, además, esa memoria tenía un espesor singular. Las familias no siempre transmitían relatos completos, pero sí silencios muy elocuentes. Uno aprendía a leer el pasado no tanto en los archivos como en los gestos, en ciertas frases interrumpidas, en esa manera tan nuestra de recordar sin nombrar del todo. La historia no siempre llegaba como narración; a veces llegaba como atmósfera. Como una advertencia sin enunciado.
Para muchos jóvenes de mi generación, además, aquella escasez tenía una traducción muy concreta: había una sola oportunidad y casi una sola obsesión, salir. Salir del pueblo, salir de la provincia, salir del país. Europa no era únicamente un destino geográfico; era una forma de imaginar el futuro. No soñábamos con elegir entre muchas vidas posibles, sino con alcanzar una sola posibilidad real: cruzar la frontera y probar suerte.
En el Rif, esa idea tenía casi la fuerza de una herencia familiar. Se hablaba de Bélgica, de Holanda, de Francia o de España como se habla de un horizonte inevitable. Irse no era una aventura romántica, sino una estrategia de supervivencia y, a veces, una forma silenciosa de dignidad. Quedarse podía parecer una derrota anticipada.
Aquella generación no sufría por exceso de opciones, sino por la angustia de depender de una sola. No había plan B. El fracaso no consistía en cambiar de camino, sino en descubrir que no había camino.
Por eso, cuando hoy se habla del agotamiento que produce la abundancia —demasiadas pantallas, demasiadas ofertas, demasiados estímulos— conviene no olvidar que hubo generaciones enteras cuyo cansancio provenía de otro lugar: no de elegir demasiado, sino de no poder elegir casi nada. El desgaste no nacía de la dispersión, sino de la estrechez. No se trataba de gestionar la abundancia, sino de sobrevivir a la limitación.
Esa crítica contemporánea, tan elegante y a menudo tan europea, suele olvidar una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el problema no es tener demasiado, sino haber tenido demasiado poco? En Marruecos, para toda una generación de estudiantes, profesores y familias enteras, el drama no fue decidir entre mil caminos, sino intentar abrir uno solo. El mérito consistía menos en orientarse que en resistir.
Quien ha crecido con bibliotecas precarias no romantiza el silencio. Quien ha conocido la dificultad material no idealiza la austeridad como si fuera una forma superior de sabiduría. Existe una nostalgia peligrosa en ciertos discursos contemporáneos que convierten el pasado de carencia en una supuesta edad moralmente más pura. No lo era. La escasez no ennoblece necesariamente; muchas veces simplemente humilla.
La falta de oportunidades no produce profundidad espiritual, sino frustración acumulada. La imposibilidad de elegir no genera serenidad, sino resignación. Durante décadas, muchos jóvenes no sufrían por no saber qué querían ser, sino porque sabían perfectamente lo que querían y no podían llegar a ello. Esa experiencia deja marcas más profundas de lo que suele reconocerse. También deja una forma particular de escepticismo.
Por eso me interesa poco la oposición simplista entre un pasado sobrio y digno y un presente saturado y vacío. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. El exceso puede alienar, pero la carencia también destruye. La abundancia sin orientación produce dispersión; la escasez sin esperanza produce cinismo. Entre esas dos formas de desgaste se ha movido buena parte de nuestra vida intelectual.
Como profesor universitario, lo observo cada día. Mis estudiantes viven una paradoja feroz: tienen más acceso a la información que cualquier generación anterior y, sin embargo, menos confianza en que ese conocimiento les garantice un lugar en el mundo. Saben más, pero creen menos. Están hiperconectados y profundamente inseguros. No les falta contenido. Les falta horizonte.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero problema contemporáneo: no en la saturación de estímulos, sino en la crisis del sentido. No sabemos ya qué merece realmente nuestra atención, nuestro esfuerzo, nuestra lealtad. Hemos multiplicado los medios y debilitado los fines. Hemos perfeccionado los instrumentos, pero descuidado las preguntas esenciales.
Y esa crisis no se resuelve ni con más consumo ni con sermones nostálgicos sobre tiempos mejores. Se resuelve reconstruyendo el deseo. No el deseo mercantilizado de acumular experiencias, diplomas o prestigio, sino el deseo más difícil: el de una vida que uno pueda reconocer como propia.
Mi generación aprendió a vivir con poco. La nueva corre el riesgo de perderse en demasiado. Pero el problema, en el fondo, siempre fue el mismo: saber qué vale la pena desear. Y eso — que yo sepa — nunca lo ha resuelto ningún algoritmo.









